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Carto. Cuento de Navidad

Música: Raúl del Corte. Texto y voz: César Sobrón

Luna y luz han aparecido como legítimas gobernantes. Por fin ha desaparecido esa nube absorbente, esa maligna nube que había estado viniendo todas las noches, a apoderarse de la ciudad indefensa y del corazón temeroso de sus habitantes. Una vez más, los dedos de Carto acarician ese extraño instrumento de plata; mitad flauta, mitad lira. Esta vez, tanto el discurso de su canción como la música del cartosenso, como él llama habitualmente a su instrumento, transmiten sensaciones extremadamente tristes, extremadamente alegres. Hasta ahora, mis oídos nunca habían escuchado una canción tan llena, tan entera.

No hace mucho tiempo, esta nube pegajosa y absorbente se acostó sobre nuestra ciudad. Desde que decidió tumbarse sobre nuestros tejados todo se ha convertido en catástrofe nocturna.

En un principio se bebió todas las luces de las calles. La oscuridad era de un negro intenso y denso. En poco tiempo, quedaron desiertas. Algún intrépido habitante intentó resistirse a la opresión de tan indestructible enemigo pero al amanecer aparecía tendido sobre el asfalto. El frío clavaba su guadaña y segaba todos los minutos posibles de su víctima. Intentar arrancar segundos a las tinieblas era una derrota segura. La nube atravesaba cristales, paredes, cortinas, hierro, plomo… todo lo taladraba.

Al tiempo que el sol se caía por el ocaso, Carto se sentaba sobre la torre del hotel Laredo, en la cúpula de la torre. La presencia de Carto contribuyó a aumentar la fama de misterio y poder que caracterizaba a tan hermosa mansión. Se pensó en demolerla por juzgarla como causa de los males que asolaban la ciudad. Sin embargo, se pudo demostrar que ninguno de los habitantes que había visto a Carto con su vestimenta de plata, sentado sobre los azulejos verdes y blancos que formaban la cúpula, aparecía muerto a la madrugada siguiente.

Jamás pudimos sospechar nadie, que así, de pronto, una nube tuviese el poder de paralizar y aterrorizar de tal forma a toda la población. En tres días comenzamos a sufrir las terribles consecuencias. La primera noche se rompieron todas las cañerías. Al amanecer, las calles eran ríos, las casas, fuentes. Los coches, chatarra inútil nadando en charcos aceitosos sobre el asfalto. A pesar de nuestra extrañeza, no dimos la importancia que se merecía la nube. Era raro que tras un día primaveral, delicadamente cálido, en una noche encapotada, hubiese caído una helada tan fuerte como para desgarrar todos los tubos que contenían agua, como para sembrar de cadáveres las calles. Nunca se había visto un frío tan destructor.

       Carto hablaba cantando. Me es muy difícil decir qué tipo de música hacía. Tenía semejanzas con la música árabe, con los cantos gregorianos, con los ritmos africanos y con las melodías indias. Sus mensajes eran muy claros. La función de la música no era otra que la de facilitar la transmisión de sus consejos a través de la nube. Carto fue el único ser que desafió a la terrible amenaza y ésta no fue capaz de arrancar ni uno de los fotones de plata que manaban de su cuerpo. Carto era un potente farol. Era la única fuente de luz de la ciudad.

           Durante la segunda noche ocurrió lo mismo que en la primera. Cuando la luz del sol hubo desaparecido, los caminantes quedaron petrificados. Cada uno de ellos pasó a ser una sarcástica escultura de hielo. Las tuberías reparadas durante el día se volvieron a abrir. La segunda noche añadió a los desperfectos ocasionados, el pánico. El pánico producido por la impotencia. Toda la inteligencia humana, todos los adelantos técnicos eran  poco más que un arma estúpida contra tan gigante monstruo devorador de energía. La fuerza destructiva había roto el trabajo del hombre. El esfuerzo de años de lucha desmoronado en una sola noche. Un montón de horas trabajando como burros para conseguir un coche, un piso. Media vida empeñada a cambio de un lugar donde vivir, y en una noche negra quedan inundadas tantas y tantas horas de sacrificios soportadas como pago de sus enseres. 

         Carto no hablaba. Nunca habló. Carto cantaba mientras hacía sonar su cartosenso. A veces, Carto tomaba la identidad de una luciérnaga. Una pálida luciérnaga enroscada en el pararrayos del edificio de aire árabe. Otras, se limitaba a sentarse sobre los azulejos verdes y blancos. Pero, durante la ausencia del sol, no paraba ni un segundo de soltar sonido, luz y calor. No pude captar su mensaje íntegro porque perdí sus primeras canciones, además de lo que se me escapó por efecto del cansancio y la intromisión de mis pensamientos. Estaba absolutamente convencido de que en su mensaje residía la solución. Sus palabras, repletas de significado, eran la espada afilada con que vencer a aquel espantoso dragón. Y cada quien era San Jorge. 

«Cuando acaben los suicidios

de miserables cobardes, 

cuando la palabra sea 

un hecho real y amable.

Cuando rajen sus cadenas

petimetres miserables,

cuando los ecos contengan 

mil abrazos realizables, 

brillarán cuarenta estrellas,

cuarenta estrellas de carne.»

           Desde mi ventana permanecía atento.  Toda la atención que un ser humano puede poseer, había que sacarla a flote para poder conocer el punto vulnerable de aquel terrible monstruo. O el arma o la muerte inminente. O vencíamos a aquella nube asesina o ella nos iría devorando uno a uno. Cien a cien. Mil a mil. Carto poseía el arma necesaria, la espada fuerte capaz de mellar el filo de la guadaña. En cualquier verso de los que cantaba, estaba escondida la respuesta a  nuestra amenaza. ¿Pero, en cuál? La tensión aumentaba mi fatiga. Cada frase poseía un montón de interpretaciones. Me era imposible analizar cada una de ellas. Se me amontonaba la faena. Carto no descansaba. Me enfadé muchas veces. ¿Cómo podía tener tan oxidado el cerebro? Mi lentitud me exasperaba. Me desesperaba y en mi desesperación, las palabras se me escurrían como agua entre los dedos. Y se me multiplicaban los males.

           Cuando el sol amaneció tras la tercera noche de tinieblas, descubrió las estatuas solitarias una a una. Calentó las frágiles figurillas aisladas una a una pero en vez de continuar su movimiento, iban cayendo al asfalto una a una. La nube había absorbido toda la energía de aquellos cuerpos inertes. Los habitantes corrían despavoridos por las calles llorando maldiciones y clamando piedad. Quebraron las industrias. Cerraron las empresas de seguros. Muchos abandonaron sus casas. Nadie podía vender sus propiedades. El caos económico condujo al suicidio a más de uno. Tres noches habían sido suficientes para destruir las complejas estructuras que mantenían vivas a doscientas mil almas con sus cuerpos incluidos.

           Cuando el sol salió corriendo de la ciudad por accidente, tapándose los ojos para no ver tanta destrucción, todos volamos a refugiarnos en nuestras casas.

         La cuarta noche había llegado. ¿Cuántas vidas reclamaría? Bajo la nube y los rayos de Carto pasaron dos enamorados abrazados comiéndose a besos. Mi curiosidad no lo pudo resistir. Bajé las escaleras de tres en tres. Abrí la puerta del portal y logré cazarlos con la mirada. Los perseguí mientras Carto me protegía con sus rayos dándome calor. Los dos se perdían en la oscuridad. La oscuridad me cerró el paso. Si avanzaba un milímetro más perecería congelado. Resignado volví a mi atalaya. Si injusta era la muerte de cualquier ser viviente, que desapareciesen dos tiernos amantes ajenos a cuanto les rodeaba era un vil crimen. El instinto de vida pudo con la curiosidad. Regresé a la ventana para seguir escuchando las canciones de Carto.

«En menos de seis segundos

saldrá corriendo la niebla, 

a engullir otros mundos

de carnes muertas y yermas.

Uno para oír,

dos para escuchar,

tres para entender,

cuatro para sentir,

cinco para abrazar,

seis para vencer».

Era más que evidente que Carto nos estaba dando claves para salir de nuestro problema. Yo sabía que era muy importante comprender y asimilar su mensaje. Mi limitación me impedía escuchar todos los mensajes. La solución estaba delante de mis oídos pero me resultaba imposible escucharla. Eran miles las preguntas que se me planteaban. Millones, las respuestas. Las ideas corrían tanto que se me embotaba el cerebro. Carto era un imán, una fuerza que te atrapaba. Era mucho peor que la televisión. La televisión puede robar la atención, pero también puedes permanecer frente a ella sin hacerle el menor caso. Con Carto se acabó la tranquilidad. Todas las ideas se han rebelado a un tiempo. Se han puesto en movimiento.

            En cuanto apareció la claridad del día, cogí mi cantimplora y  fui hacia los camiones cisterna, para llenarla de agua, por el mismo camino que tomaron los adolescentes. No encontré sus cuerpos tendidos. Vi decenas de cadáveres, pero ninguno correspondía a mi pareja. ¿Cómo atravesaron la nube? Todavía no se había retirado ningún vencido. Los jóvenes no estaban por ningún lado.

           Cada vez venían menos cisternas aguadoras y menos sedientos a recibirlas. Las disputas habían desaparecido de las colas poco a poco. Día a día, la agresividad y la indiferencia por el otro cedían terreno ante el temor, la resignación y la amabilidad. Con el tiempo, la desesperación histérica de las masas pasó a convertirse en una mezcla de melancolía y ansiedad reprimida.

            La misma pareja. Los dos tortolitos que tiempos atrás pasaron bajo mi ventana, volvieron a pasar. Pero esta vez, llevaban un niño en brazos. Un bebé sonriente y feliz. Los tres iban jugando al payaso hermoso. Bajé las escaleras de tres en tres. Abrí la puerta del portal. Les perseguí todo lo cerca que pude. Se me escabulleron entre la densa oscuridad de la noche. Pretendí imitarlos pero al intentar introducir la mano en la negrura se me congelaron los dedos. Ellos habían pasado por segunda vez. ¿Cómo? ¿Cómo lo hacían para no quedarse congelados? ¿El tejido de sus vestidos sería especial y distinto al del resto de los mortales? No iban inmersos en escafandras. Por lo menos en la nariz y en las orejas tendría que encontrar huellas de congelación la próxima vez que me los topara.

«Nacerá la idea de barro. 

El barro, cocerá 

una idea temeraria.

Las trompetas sonarán

con músicas milenarias.

Las sonrisas soñarán

con tristezas solitarias. 

La palabra gozará 

de una frase lapidaria. 

Nacerá la idea de barro.»

        Carto y sus acertijos me estaban haciendo perder la razón. Mi mente estaba agotada. Pasaba tanto tiempo intentando descifrar los enigmas del misterioso personaje de plata, que mi pensamiento era un amasijo de hipótesis. 

         Mi pareja había vuelto a vencer a la noche. Ninguno de los cuerpos que el amanecer dejó al descubierto, pertenecían a los que la noche anterior habían llamado mi atención.  Una cisterna. Un camión cisterna era suficiente. Con un solo camión se amamantaba la ciudad. Evidentemente la nube maldita se había llevado muchas, muchísimas almas por delante. Doscientos metros. Sólo doscientos metros nos separaban. Eran ellos. No había duda. Hasta el niño y la sonrisa eran los mismos. Nervioso, impaciente y temeroso me acerqué. 

– Hola -les dije. Mi hola, además del saludo, llevaba impreso el asombro y la admiración y el infinito respeto. Ni en la nariz ni en las orejas existía la más mínima señal de congelación.

– Te deseamos una feliz noche. Me respondieron los tres a la vez. ¡Un bebé me había hablado! Mi cerebro funcionaba peor de lo que me figuraba.

La luna y la luz han aparecido esta noche como legítimas gobernantes. Por fin ha desaparecido esa nube absorbente. Esa maligna nube que venía todas las noches, a apoderarse de la ciudad indefensa y del corazón temeroso de sus habitantes. Una vez más, ésta de despedida, los dedos de Carto acarician ese extraño instrumento de plata: mitad flauta, mitad lira. Esta vez, tanto el discurso de su canción como la música del cartosenso, como él nombro repetidas veces a su instrumento, emiten vibraciones extremadamente tristes, extremadamente alegres. Hasta ahora, mis oídos nunca habían escuchado una canción tan llena, tan entera.

«Florecerán amores

                       amores de noche.

Saldrán de los rincones

telarañas de plata

para ser lira o trampa

bastón o espada.

Florecerán amores

                amores de día.

Sembraran con vida

tulipanes de seda

para que endulcen la vista,

perdonen la pena.

Florecerán amores 

                          amores de ensueño.»

© César Sobrón 1989

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Se acerca el día…

» …

En mi imaginación sentí a los cipreses que flanquean el camino de entrada, darme la bienvenida, meciéndose al influjo del viento y, en ese mismo momento, me hice la promesa de contar algún día cuántos había rodeando la huerta, el jardín, el caserón y el camino de entrada. El abuelo de Bonifacio, tras el incendio del monte que llegó a las cuadras del caserón y quemó el pajar y todo un rebaño de ovejas, decidió plantar cipreses en todo el perímetro. Un ciprés cada siete metros. Ahora, los árboles han crecido tanto que parece una empalizada, una muralla verde, un eficaz cortafuegos. Contar los cipreses era mucho menos trabajo que plantarlos uno a uno.

…»

Un caserón entre cipreses (fragmento)

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Una historia

A todos los habitantes de Valdegovía y, en especial, a todos mis antepasados. Me dieron por herencia sus principios y la lengua.

El abuelo se sentó en su mecedora con la cachaba entre las piernas, bajo los tilos asomados al camino que desciende hasta la plaza, junto al arroyo seco. El sol caía a plomo y derretía cuanto tocaba. El zumbido de las abejas acercándose y alejándose de la fuente camino de las colmenas, la sinfonía de las cigarras, el canto polícromo de los pájaros descendiendo de las montañas, el rítmico sonido de los cencerros de las vacas; el abuelo las imaginaba tumbadas -bajo una buena sombra, rumiando- con su cabeza apoyada en el respaldo y la boina sobre los ojos. Para escuchar con más atención los sonidos del entorno, prefería mantener sus ojos en la oscuridad, tras sus párpados y bajo la boina.

El abuelo notaba que le fallaba la cabeza. El abuelo dudaba si lo que recordaba lo había vivido de verdad o, por el contrario, sólo lo había imaginado o alguien se lo había contado. Se le olvidaban las cosas. Temía perder su cachaba de avellano, su compañera de pastoreos, fabricada con sus propias manos, tallado cada ente protector de los caminos. Cachaba ahuyentadora de males. Nunca tuvo un mal percance en sus años de apacentar ovejas, según él, gracias a los entes que habitaban su cachaba. En una somnolencia atenta, escuchó llegar a su nieta, subía las escaleras a chancletazos. Abrió los ojos y vio con qué cuidado llevaba un vaso de limonada entre sus manos diminutas. La niña se la entregó diciendo.- Toma, abuelo, ha dicho mamá que te bebas esto, que hace mucho calor, que te puedes deshidratar sin darte cuenta. Bébetelo todo. También me ha dicho que lo bebas poco a poco, que está muy fresquito. El abuelo se incorporó en la mecedora apoyándose en su cachaba y lo recogió lanzando a la niña un beso agradecido con su mirada.

El abuelo dio un sorbo y dijo.- está muy rico. Dale las gracias a tu madre de mi parte y para ti, como premio por traérmelo, si te apetece, te cuento la historia de este valle. A la nieta se le iluminó la mirada. El abuelo bebió otro sorbo y prosiguió.- Es una historia muy antigua, una historia apasionante. Una historia que se pierde más allá de cinco mil años. Una historia llena de personajes que dejaron huella aunque de muchos de ellos yo no haya oído hablar, sé que tuvieron que existir. El abuelo se llevó el vaso a los labios y dio un buen trago hasta terminárselo todo, como le había ordenado su nieta con dedo imperativo apuntándole. Le entregó el vaso mientras le decía.- Lleva este vaso de cristal a la cocina, para que no se quede por aquí, lo pisemos, se arrugue y alguien se lleve un buen tajo.

La niña volvió rápidamente, corriendo en tropel entre sus primos. Sus coletas saltaban sobre sus hombros. Se sentaron todos en semicircunferencia sobre la hierba para escuchar la historia del abuelo. Precisamente este abuelo no se prodigaba en contar historias y, cuando las contaba, su manera de hacerlo era muy divertida.

La niña, antes de sentarse, miró a su abuelo y le dijo.- Cuando les he dicho que me ibas a contar una historia del valle como premio por traerte un vaso de limonada, se han apuntado todos a escucharla.

El abuelo no pudo evitar que se le escapara una sonrisa antes de responderle.- Está bien. El mismo esfuerzo me cuesta hablar para uno que para siete. De paso, más posibilidades de supervivencia tendrá la historia de este valle. La historia que sabe y cuenta vuestro abuelo habrá otros contándola de forma muy diferente y otros de manera parecida. Yo os cuento lo que he oído y leído a lo largo de todos mis años.

En los tiempos en que cuidaba ovejas por los Castros, ese monte que tenéis ahí, enfrente, me he encontrado con muchos investigadores que venían a estudiar la historia del valle y confirmar lo que ya sabían. Al verme por allí solían pararse a preguntarme lo que yo sabía sobre el valle pero al final eran ellos los que me contaban a mí historias variadas y todas ellas coincidían en algún punto con lo que yo había leído en la revista de Angosto, a Saturnino Ruiz de Loizaga.

Algunos hablaban de que es posible que ésta fuera una de las zonas de paso en sus cacerías del hombre de Cromagnon desde Atapuerca hacia Cantabria; otros hablan de la edad del bronce, el tiempo probable de los primeros asentamientos. Lo que sí es seguro es que desde la edad de hierro, ya estaban habitados estos valles. Por aquí pasaban dos calzadas romanas, todavía quedan algunos tramos. En los montes que se ven al frente cuando salís de la carretera de Angosto a la de Villanañe, entre Villanañe y Barrio, hubo una población en tiempos de los romanos que se llamó Medropio. Ahora solo quedan piedras desmoronadas casi invisibles entre las plantas invasoras. Más antiguos aún que Medropio son los Castros de Lastra. Algunos estudiosos me dijeron que ahí estaba Osama Barca y que la actual Osma y Caranca nacieron con el descenso de las poblaciones de los Castros a los valles cuando cesaron las incursiones árabes. Hace muchos siglos, los árabes ocuparon media España. Tenían su capital en Córdoba y muchas primaveras mandaban ejércitos para saquear cuanto podían y comprobar la resistencia que tenían los ejércitos cristianos. Aquellos tiempos eran muy duros. Muchos se morían de hambre en el invierno porque no tenían qué comer, como consecuencia de las escaramuzas.

Una voz salió de la casa llamando a comer y todos salieron corriendo menos el abuelo y la niña que, cogiéndole de la mano, le pregunta.- ¿Qué son escaramuzas, abuelo? El abuelo la mira con cierta ternura por toda la ingenuidad que atesora su nieta y le responde.- Rafias, ataques por sorpresa para capturar esclavos que hagan las tareas más duras, en sus tierras andaluzas y llevarse todo el grano, ganado, herramientas y joyas que encontrasen en sus ataques.

Durante los días más calurosos del verano, se convirtió en una rutina. En cuanto alguno veía que el abuelo se sentaba en la mecedora, bajo los tilos, todos los nietos corrían a sentarse en su entorno para que les siguiese contando su historia del valle. El abuelo sabía tratarlos con respeto y cariño a todos, pero a cada uno trataba de forma diferente dependiendo del carácter de cada cual. Todos se sentían como el nieto predilecto del abuelo; aunque él amase a todos con todo su corazón por igual, a cada uno le amaba por razones diferentes. Cuando el abuelo vio a todos sentados en su entorno, supo lo que querían. Estaban esperando que les contase su historia de Valdegovía. El abuelo, animado por el interés de sus nietos, hizo un esfuerzo enorme para acordarse donde habían dejado la historia el día anterior, antes de comer. Quiso acordarse de qué había comido pero tampoco lo consiguió. Viendo la situación, el mayor de sus nietos dijo.- Abuelo, lo dejamos en las escaramuzas de los árabes. El abuelo le agradeció la ayuda con una cálida mirada, se recostó en su mecedora con la cachaba tallada enganchada a la pierna izquierda y continuó su Historia.

Mientras pasaron y se asentaron en estas tierras los romanos, hubo cierta tranquilidad y mercadeo de alimentos, objetos, maneras de hacer las cosas, maneras de impartir justicia, maneras de pensar y hasta la forma de hablar, la forma de comunicarnos entre nosotros. Hay que tener en cuenta, que por estas tierras, los romanos anduvieron tres o cuatro siglos, por lo menos. Más de dieciséis generaciones. Sin ir más lejos, se sabe que hubo un asentamiento romano en las Ermitas de Espejo. Fue tiempo suficiente para que el latín se mezclara y dominara a las lenguas que se hablaban antes de su llegada, camino de Astorga y las minas de oro de las Médulas. Aún queda un topónimo cerca de aquí. El alto Numano. Cuando se sale del pueblo hacia Angosto, después de Fuenteparrales, el segundo alto es el alto Numano. Según tengo entendido, Numa fue el primer rey de Roma y se transformó a su muerte en el protector de los caminos. Es posible que en ese punto se hiciesen ofrendas a Numa para que les protegiesen de tropiezos al atravesar los desfiladeros de Angosto. Si queréis, después de la siesta, nos vamos todos dando un paseo y os muestro cual es el alto.

El nieto mayor, mientras escuchaba, no apartaba la vista de la cachaba del abuelo. Era como si una gran cinta estuviese enrollada de abajo a arriba y en esa cinta se narrase una historia con dibujos de animales, personas y signos. Le dieron ganas de interrumpirle varias veces pero se calló al ver las caras fijadas en las palabras del abuelo de sus hermanas y primos. Sabía que si le interrumpía le cortaría el hilo de la narración y sería para él un tremendo esfuerzo retomar su historia. Cuando acabara de contar toda su historia del valle, le preguntaría por la historia de la cachaba. Le pediría que le explicase el significado de cada figura. Decidió seguir poniendo atención en lo que contaba el abuelo sin apartar la vista de la cachaba. El abuelo prosiguió con la narración. Cuando se hundió el imperio romano, con la invasión de suevos, alanos, hunos y visigodos todas las estructuras se vinieron abajo. Además, en la primera mitad del siglo VI, erupcionaron varios volcanes, sus cenizas se expandieron por el cielo, oscurecieron el sol, se arruinaron las cosechas, arreció el frío en los inviernos de unos cuantos años, aparecieron enfermedades como la peste. Pues bien, la consecuencia de todo esto es que este valle y todos los valles de medio Europa, estaban casi despoblados a mediados del siglo VI, según me contó uno de los muchos investigadores que han pasado por este valle investigando cada cual en lo suyo.

Antes de que el abuelo llegase de su paseo matutino por las huertas a sentarse en la mecedora, ya estaban allí revoloteando por el jardín, no muy lejos de los tilos, todos los nietos. Cuando le veían aparecer, en lo más bajo del camino, todos salían corriendo a la cocina a por un gran porrón de limonada, unos frutos secos y frutas variadas, cortadas en trocitos, en cuencos de almíbar. Le esperaban a la puerta de la casa con la cesta con todas las viandas. Los dos nietos mayores encabezaban la procesión hasta la mecedora. El abuelo y la niña cerraban la comitiva. La mamá de la niña se había percatado de que el abuelo echaba tragos más largos cuando bebía en porrón y con los calores tampoco era cuestión de que se deshidratase, además le había encomendado a su hija que cada rato ofreciese el porrón a su abuelo mientras les contaba su historia, porque, según ella, «hablando, se pierde mucho líquido sin darnos cuenta y el abuelo habla poco, pero cuando coge un tema de conversación, un hilo de discurso, no para hasta que lo concluye, y eso puede suponerle muchos minutos hablando.»

El abuelo subió las escaleras, vio a todos sentados, con la gran cesta de viandas, echó un largo trago de limonada del porrón ofrecido por la niña, haciendo un gran esfuerzo para poderlo sujetar con sus manos diminutas. El abuelo bebió de pie, apoyado en su cachaba. Devolvió el porrón a su nieto mayor y se sentó en la mecedora tras echar a los tres gatos que sesteaban relajados, sobre su cojín. El cojín de la mecedora del abuelo era de cuero. El buey predilecto del abuelo, en su juventud, cayó reventado subiendo la cuesta con un carro de trigo bien cargado. Amenazaban tormenta los cielos. Urgía meter el grano. Desde el amanecer los bueyes no pararon de subir carros. Al caer la noche, el buey cayó sobre el camino. El abuelo convenció a su padre para que curtieran la piel e hicieran cojines gordos y así mullir la madera de los bancos corridos al mismo tiempo que mantenían a aquel buey noble, fuerte y trabajador, siempre dispuesto a tirar del carro hasta caer reventado. El abuelo contaba de cuando en cuando anécdotas que había vivido al lado de aquel buey.

El abuelo se sentó. Escuchó a su nieto mayor recordándole dónde se habían quedado el día anterior. Y comenzó su relato con voz pausada.- En el siglo VI después del nacimiento de Cristo, desde la primera mitad, hubo quienes pensaron que llegaba el fin del mundo. Aquí mismo, en Las Ermitas de Espejo, hará diez o veinte años, encontraron enterradas en un saco, en el patio de una casa romana derruida con fuego, unas herramientas y materiales metálicos que su dueño enterró para que no se los robaran antes de salir huyendo a toda prisa. Evidentemente, su dueño no los recuperó; lo que nos hace pensar que su susto por el peligro, se transformó en muerte. Ahora esas piezas están expuestas en el museo arqueológico en Vitoria. Si tenéis mucho interés en saber con qué herramientas trabajaban en el siglo VI, pedid a vuestros padres que os lleven a verlas. Por esa época, empezaron a nacer sectas del cristianismo. Algunos grupos se refugiaron en estos montes, ahondaron los huecos de las rocas hasta transformarlas en iglesias donde enterrar sus muertos y edificando con troncos de madera cabañas en las que cobijarse. Eran grupos de hombres y mujeres muy devotos que aguardaban la muerte haciendo todos los méritos posibles para librarse del infierno. Rezaban, recogían hierbas cultivaban algo de tierra con herramientas precarias. Podéis pedirles a vuestros padres que os lleven a Corro o a Pinedo. La cueva de Pinedo, desde la carretera, parece una calavera. En el valle hay más cuevas de eremitas de aquella época, pero son menos accesibles. Se cree que las primeras gentes que las poblaron y comenzaron a cavar más profundas las rocas, son de ésta época. Desde entonces hasta hoy, las cuevas han sufrido diversas intervenciones.

Los nietos iban adquiriendo como rutina escuchar al abuelo cuando el sol pega más fuerte y el abuelo se sentía casi obligado a dejar como herencia a sus nietos su historia del valle para, que conozcan sus orígenes y sean tan grandes como la profundidad del pasado que atesoren. El abuelo creía que, como en los árboles, cuanto más profundas fuesen sus raíces, el conocimiento de su historia, mayor sería la frondosidad de sus ideas cuando expresasen sus opiniones y mejor percibirían los matices de las realidades que les rodeaban. El abuelo deseaba lo mejor para todos sus nietos. Se sentía obligado, tenían interés en escucharle. Puesto al día, por su nieto mayor, rehidratado tras el paseo matutino, recostado en su mecedora, a la sombra de los tilos, comenzó con el relato del día.- Tengo entendido que en las últimas décadas del siglo VII, el almirante visigodo, Ruy Pérez, mandó construir una torre de vigilancia en Villanañe para proteger la entrada al valle desde el Ebro, por el Omecillo. Hoy es la torre de los Varona. Si mandó construir una torre de vigilancia es que había habitantes suficientes con algo que proteger y personas suficientes para presentar batalla o, al menos, para vigilar y dar aviso. Así, los pobladores pudieran huir a esconderse en las montañas con toda su ganadería, cada vez que un grupo atacante se aproximara. Una de las etapas decisivas de este valle, según me han contado datan del mediados del siglo VIII al XI. El abuelo se detuvo de pronto para mirar a la niña tendiéndole el gran porrón medio vacío. El abuelo, lo agarró por el pitorro y alzándolo al cielo, hizo que se creara un largo chorro de limonada desde el porrón hasta sus labios. Tras girar el porrón, recoger las últimas gotas del chorro, mientras se lo entregaba, de nuevo a la niña le preguntó.- ¿Tú. pequeña, sabes cuántos años tiene un siglo? A la niña se le iluminó la mirada y respondió sin dudarlo.- Cien. El abuelo le hizo una caricia en la cabeza de aprobación y siguió con su relato.- entonces estamos hablando de los años setecientos sesenta, hasta el mil cien, más o menos. Por el setecientos sesenta, raptaron a una joven reina autrigona, que, posiblemente, habitara ahí en Oppidum, lo que todos conocemos como los castros de Lastra, los romanos llamaban oppidum a las ciudades en alto con defensas, parte naturales y parte murallas construidas por los hombres. Si os fijáis ahí, en los castros, por la parte de las rocas. La ciudad está protegida. Si subís a los castros veréis un cartel de las excavaciones realizadas por la arqueóloga, una científica muy campechana. Paquita Sáenz.

A lo que iba, que me disperso con explicaciones y luego pierdo el hilo. Se llevaron a la princesa Munia. Se la llevaron como esclava a Asturias, Fruela I se enamoró y se casó con ella. Los reyes tuvieron un hijo, Alfonso, que tras muchos avatares, reinaría en Asturias durante más de medio siglo. Para aquellos tiempos era muchísimo durar en un trono. Si duró tanto es porque no lo hizo tan mal a la hora de tomar decisiones; atrevidas algunas veces, muy cautas otras. Mañana seguimos. Estoy escuchando como nos llaman para entrar a comer. EL abuelo se levantó y todos comenzaron a preguntar todo lo que no habían entendido, por turnos, empezando cada ronda de preguntas por la nieta más pequeña y terminando por el mayor de los nietos. Preguntaban y preguntaban durante toda la comida. El abuelo respondía a todos lo más claro posible, con frases muy cortas entre bocado y bocado.

Abuelo, ayer nos dejaste cuando raptaron a la reina autrigona, Munia, con el rey Fruela I y su hijo Alfonso. ¿Qué pasó? ¿por qué fue importante para este valle?- Se adelantó la niña a su primo mayor cuando el abuelo se sentaba en la mecedora y recogía el porrón. El abuelo sacó una bolsa de caramelos y se los dio a la niña.- toma chica lista, te has ganado repartir estos caramelos con tu primos para que os endulcéis mientras escucháis. Bien. Según tengo entendido por lo que he escuchado y leído, mientras cuidaba las ovejas tenía mucho tiempo para tallar, leer, escuchar a todo el que se me acercase y pensar. Según tengo asimilado, en Asturias se desataron luchas por el poder cuando Alfonso era pequeño y, para protegerlo, lo mandaron a Galicia, Lugo, al monasterio de san Julián de Samos. Allí tuvo un preceptor, fray Juan. Cuando todo se hubo calmado aparentemente, le llamaron para que se hiciera cargo del reino pero a los pocos años su tío dio un golpe de estado y tuvo que salir huyendo con los más allegados. Vino a refugiarse a estos valles acompañado de su maestro Juan. Eligieron estratégicamente Valpuesta como eje de la repoblación regido por frailes desde el convento.

Al parecer, en Valpuesta había unas ruinas de una iglesia dedicada a la virgen María cuando el obispo Juan inspeccionó los rincones de los valles para encontrar el lugar propicio donde levantar la colegiata, colocar la base bien protegida, desde la que expandirse hasta sacar rendimiento a cada palmo de terreno del valle. Por ese rincón del valle al lado de la iglesia corrían los arroyos y florecían los campos. El rey necesitaba hombres que luchasen y caballos, el obispo Juan, hombres que labrasen los campos, recogiesen la hierba y el grano, que trabajasen en la construcción de la catedral, centro de la avanzada cristiana en la reconquista de territorios a los árabes, que a su vez sirviese de protección por estar bien poblada para defenderse e impedir que las rafias penetraran hasta Oviedo. Una catedral bien fortificada, con su monasterio donde poder copiar libros sagrados, sobre pieles de corderos y terneros no natos y, para eso, necesitaban muchas vacas y ovejas. Sobre estas pieles de becerro también se escribían contratos con los habitantes de la zona. Son los conocidos en el mundo entero como los “becerros o cartularios de Valpuesta.” En ellos, se refleja la forma de hablar en esta zona y, según los que saben de esto, esos escritos confirman que en este valle se empezaba a hablar castellano, un latín muy contaminado con el cúmulo de formas de hablar de los pueblos moradores de estos valles, antes y después de la llegada de los romanos. Algo parecido debió ocurrir por Tobalina y el valle de Losa. Pero los monjes, los que sabían leer y escribir estaban en Valpuesta y allí se escribieron y guardaron los documentos que han llegado hasta nuestros días. Ahí quedaron escritas las primeras muestras del castellano.

Desde Valpuesta, cuando tenían ovejas, vacas y hombres suficientes para roturar nuevos campos, buscaban el lugar propicio, levantaban una iglesia y, en torno a ella nacía un pueblo, como por ejemplo Tuesta, Tobillas, Bellojín… la mayoría de pueblos de la zona nacieron así.

Aquí cerca, encima de Astúlez, quedan las ruinas de lo que en su día fue Santa Coloma, lo que lleva a pensar que la misma población subía y bajaba de lo alto de las montañas dependiendo de la peligrosidad de la época en la que vivían; en tiempos de paz, ocupaban los valles más propicios para el cultivo. En los tiempos más violentos habitaron las montañas. Así debió ser por estas tierras desde la aparición de los hombres hasta el siglo XII, más o menos. Los habitantes de estas tierras tenían sus fueros. Eran hombres libres aunque fuesen labradores. Esto no ocurría en el resto de Europa. Hasta el siglo XI este fue uno de los valles más importantes de España. A partir de entonces, los ejércitos cristianos empujaron a los árabes hacia el sur creándose nuevas diócesis que desplazaron a Valpuesta y apagaron su importancia.

Además de la reina Munia, este valle también dio como fruto a una mujer valiente y luchadora. Allá por los mil y muchos, y mil cien y pocos, nació en la torre de Villanañe María Pérez, descendiente directo de quien levantó la torre, Ruy Pérez a finales del siglo sexto.

Cuenta la leyenda que ha ido pasando de boca en boca, añadiendo cada cual lo suyo o quitando lo que el olvido se queda, que el rey de Castilla pidió ayuda a todos los nobles afines de la zona, ayuda para luchar contra el rey de Aragón. Las tropas se encontraron cerca de Soria y, allí, la casualidad hizo que se encontraran frente a frente, el rey de Aragón y María Pérez en una parte apartada de la batalla. María partió su espada y aún así, venció al rey y lo llevó preso al campamento ante el rey de Castilla, Alfonso VII, cuando María levantó la celada de su yelmo con un movimiento parecido al que hacen ahora los motoristas para levantar la visera de sus cascos, todos se quedaron maravillados de que una mujer, sin ninguna ayuda, hubiese sido capaz de ganar en batalla al mismísimo rey de Aragón, apodado el batallador. El rey, Alfonso VII, viendo la proeza y admirado por ella, le dijo: «Habéis obrado, no como débil mujer, sino como fuerte varón y debéis llamaros Varona, vos y vuestros descendientes y en memoria de esta hazaña usaréis las armas de Aragón». Por eso están las barras inclinadas del escudo de Aragón en el escudo de los Varona, como recuerdo de la victoria que obtuvo sobre el rey de Aragón. Cuando os lleven vuestros padres a ver la torre, podéis jugar a ver quién es el primero que descubre dónde está el escudo de la familia. Puede ser un juego muy divertido que reforzará vuestra atención y vuestra intensidad a la hora de mirar cuanto os rodea.

Otro momento importante para la economía, en este valle, fue el siglo XIX. Dando un salto en el tiempo muy gordo, nos podemos ir hasta hace poco, al siglo XIX. En esa época hubo unas guerras, las guerras carlistas, y se construyeron los ferrocarriles, y hacía falta mucha madera de roble para las traviesas y de encina y pino para quemar y construir. En la ferrería de Villanañe, al otro lado de la carretera, frente a la venta del cruce, hacían bolas para cañones, el fuego de los hornos nunca se apagaba. La demanda y los precios se dispararon.

Para mover esas traviesas hasta Miranda o cualquier punto por donde se estuviese lanzando la línea, desde el monte, eran necesarios caballos fuertes que se moviesen con agilidad por sendas estrechas, hasta el aserradero, luego, bueyes para acarrear las traviesas terminadas hasta el lugar concertado. Los animales de tiro, en esos momentos eran muy solicitados. Tener un caballo era un lujo al alcance de muy pocos. En estos montes se criaban bien los caballos y en cada casa nacía todos los años algún potro de la recua de yeguas que tenían pastando en el monte durante casi todo el año. Cuando aparecían a la puerta de sus cuadras, todos sabíamos que las nieves estaban al llegar. Era el momento para los más rezagados, de acumular leña al lado de la chimenea porque, con las nieves, los caminos iban a estar intransitables.

Los robles por aquí se dan mal, los vientos los retuercen, pero algo de riqueza salpicó a este valle porque casi todas las casas, la iglesia y el cementerio, tienen la fecha del mil ochocientos y pico inscrita en la piedra.

El gran declive de estos valles vino con la industrialización. La mayoría de los jóvenes se marcharon a trabajar en la industria, en las ciudades. Los campesinos sobrevivieron durante años, con lo justo para pasar cada invierno. Comenzaban a aparecer las máquinas. El futuro estaba en la ciudad y muchos se fueron a Vitoria, Miranda, Bilbao o Barcelona. Ahora se han quedado estos pueblos como casas de pasar el verano o los fines de semana. Un miércoles, en invierno, los pueblos se quedan casi solos. Eso sí, en los veranos nos juntamos todos y siempre es un placer. Veros crecer y, que la vida sigue. Escuchar cómo imagináis vuestro futuro me llena de orgullo. Da gusto tener unos nietos tan alegres y respetuosos como vosotros.

Voy a decir a vuestros padres que os lleven esta tarde, a San Martín de Valparaíso y, así, mañana seréis vosotros los que me contéis, sin alborotaros, lo que os ha parecido el lugar. Está muy cerca de Villanueva. No os doy más pistas para no predisponeros.

Pero la etapa más maravillosa de todas, amados nietos, la mejor época de estos valles es la que estáis viviendo ahora. Disfrutad de su aire impregnado de los aromas del campo. Cerrad los ojos y soñad acompañados por todos los sonidos de vuestro entorno. Podéis jugar a escuchar, hasta donde sois capaces de llegar con vuestras orejas. Podéis tumbaros, por la noche, a la fresca y descubrir el universo repleto de estrellas. Aquí, siempre que lo necesitéis, podréis rescatar los sueños de la infancia y recobrar la paz y el equilibrio perdido por el vertiginoso empuje, impuesto por las ciudades. En estos valles siempre encontraréis huellas dejadas por vuestros antepasados, los mismos que nos han legado los genes, gastronomía, costumbres, principios y las palabras. Este valle puede ser, siempre que lo necesitéis, vuestro remanso de paz. Vuestro espacio donde poder permitiros ser insignificantes y asumiros una parte importante del universo. Y tan importante será cuanto mayor sea vuestro compromiso y responsabilidad en vuestro servicio a los demás.

Acordaos de estas palabras del abuelo, que ha viajado, ha sentido, ha vivido mucho, y aún sabe lo que se dice y sabe callar lo que ignora.

«Relatos impresionistas»

© César Sobrón

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Belleza espiritual

«… La ética es universal, la ética aporta elegancia a nuestros actos. Quien tiene ética encuentra su beneficio personal en el beneficio colectivo. Respeta a sus congéneres y se vincula a ellos con lo mejor de sí mismo al tiempo que es capaz de recibir lo mejor de los demás.
El amor encuentra las cualidades ajenas y comprende sus miserias. El amor acepta, aunque le hiera y debilite, repetir errores.

…»

«A la sombra de la torre» fragmento

© César Sobrón

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Ha nacido una nueva obra

En un rincón del desván, donde se acumula el olvido, había un gran baúl de nogal forrado con tiras de cuero negro, reforzadas con tachuelas de latón dorado, cubierto de telarañas y polvo, medio oculto por una enorme cantidad de trastos abandonados. Un baúl tan pesado que parecía clavado en el suelo.

Un caserón entre cipreses

 © César Sobrón